Saturday, January 7, 2012

200 cachetadas al arte narrativo

Por Erick Blandón  

Publicado en La Prensa como Texturas de Omar D’León

¿Texto o textura? Las dos cosas a la vez, cuando ambas son el acabado final de un artista que siendo poeta es con igual intensidad pintor.

El sustantivo latino “textura” remite a la operación de tejer o a la manera de estar pasados unos por otros los hilos o fibras de un tejido, también se llama textura al modo de estar combinadas o trabadas entre sí las partes de un lienzo, que es el campo de fatiga de un pintor.

La sensación que produce al tacto una cosa, tersa o rugosa, se llama textura pero hay textos cuya lectura nos dejan tal sensación, es lo que se experimenta después de leer a Santa Teresa en La Vida o Las Moradas. Así en Texturas. Doscientos Cuentos, de Omar D’León se percibe una trama de palabras que se enuncian como por escritura automática, después de una experiencia mística u onírica y que dejan en el lector la sensación de lisura o pliegue, de una historia múltiple y única. Tesitura trágica de la voz de un narrador que recorre el cosmos, como don Quijote su comarca, en busca de los signos de la analogía. Entrecruzamiento textual o relación constante que las marcas sensoriales tejen entre sí y que al desatar la similitud y los signos, muestra en la superficie a dos personajes y dos experiencias que se encaran uno al otro, según se dice en Las Palabras y Las Cosas .

El narrador en Texturas, de Omar D’León frecuentemente se coloca fuera de la ficción para contar la historia del personaje Omar D’ León, produciendo un efecto desquiciante en el lector que sabe que una tercera persona gramatical no narra, porque sólo la primera puede enunciar. Juego de espejos, en fin, donde la imagen reflejada deforma o hermosea a quien se mira en ella como en un mundo de asco o de maravilla.

Verdad es que a Omar de León se le conoce más como pintor y que su obra plástica se encuentra en muchas colecciones públicas alrededor del mundo: Modern Art of Latin America in Washington D.C., Banco Central y Palacio de la Cultura de Nicaragua, Duke University, Museo Ponce de Puerto Rico, Museum of Latin American Art in Long Beach (MoLAA), Chicago Art Institute y Museo Cuevas en México. Pintura que se resuelve en poesía. Drama de la existencia vivida al borde del precipicio, en el abismo del siglo veintiuno. Sentimiento del arte como culto a la belleza, su única devoción, su más fiel filiación. Por eso en los doscientos textos de prosa narrativa del libro Texturas los colores son las marcas que orientan al errabundo, aun si es de noche en el cosmos.



En la prosa inicial de Texturas titulada Blue, un eco del grito de Mallarmé: “Je suis hanté! L’Azur! L’Azur! L’Azur!”, despunta en la primera página donde el hombre se abre a la inmensidad para fundirse con el cielo. Ahí se entrelazan las dos lenguas de uso cotidiano del poeta: español e inglés. Sus dos realidades agónicas: terrestre y celeste. De aquí y de allá. California y Nicaragua. Angustia dariana de espacios refleja en los países y lugares imposibles, que conforman la toponimia de Texturas. Sensación de estar frente a quien si no es el último de los poetas modernistas, lleva la marca que se prolonga más allá de los periodos generacionales con que el historicismo suele delimitar la literatura. Y es que Omar D’ León, ajeno a todo chovinismo, tiene la impronta del Modernismo, de la Vanguardia, y de las últimas tendencias, de la así llamada Post-Modernidad. Un artista de ayer, de hoy, de mañana, en muda constante.

Pregunta forzosa. ¿Qué tiene en común Omar D’ León con los hombres que en el siglo XIX encarnaron en Hispanoamérica el tránsito literario hacia otro siglo? Se trata de un ácrata, no sólo en sentido artístico. Jamás perteneció a ninguna capilla como no fuera la amistad de su maestro Enrique Fernández Morales, cuya casa museo, galería y biblioteca fue por décadas, en Granada-Nicaragua, el taller inicial de poesía para muchos jóvenes poetas y aficionados a la literatura. Cierto, no hay Versalles, ni princesas. Tampoco preciosismo ni voluntad de estilo. Hay libertad y explosión de los sentidos. En Texturas el tono adquiere la urgencia de una Shehrezada que se resiste a poner punto final a la historia. Búsqueda de sí. Trasgresión de los géneros, y permanencia de la lección mayor de Rubén Darío: “Sé tú mismo”. Por eso, el subtítulo de Texturas. Doscientos Cuentos parece una cachetada a la preceptiva literaria.

Un contador de sueños y vivencias los ha habido en todas las épocas y culturas, porque narrar es una de las esencias de la condición humana, lo hemos experimentado todos. Pero las narraciones de Texturas tienen una argamasa única. Poemas en prosa narrativa que a veces se resuelven en apunte descriptivo o prosa lírica sin fábula. El poeta mira con los ojos del pintor y describe o retrata con palabras de colores. Sinestesia impresionista. Simbolismo. Proliferación de neologismos. Lenguaje escatológico, si lo hubiera. Ironía del narcisismo que remite a un “decadente” trasmutado en “movie superstar” o personaje de Pulp Fiction. El decadentismo avant la lettre como práctica de un arte poblado de estatuas a las que siendo carne ardiente podría juzgarse frío mármol, pero no por parnasiano, que no hay en el autor culto a la forma. Tampoco arte por el arte sino un paraíso donde la más variada flora y fauna desplaza cualquier bisutería. Ahí, ajeno al ruido y a la prosa del mundo, el placer puede prescindir de la luz y la sombra y ser habitado por un druida.

Desde el espacio interior donde se recluyó, Julián del Casal escribía la crónica social de un mundo sombrío. Subjetividad rondada por la muerte temprana.

En Texturas hay un adentro que armoniza con el afuera: es el taller donde el pintor se funde con las aves del paraíso, donde masculla la inutilidad de la dulzura del amor o el amargor del odio. Allí se medita sobre los estragos del tiempo, la víspera de un cumpleaños mortal. Aislamiento que produce la calma soledad del desierto, donde hay un nicho para abandonarse a esa deseada soledad: “ya no importa que nadie nos recuerde, porque nos auto-recordamos mutuamente en cada beso que compartimos”, dice el solitario en un desdoblamiento autocompasivo del yo. La muerte deja su marca en la escritura: “todo esto o todo aquello se dirige hacia el inevitable tornado de la eternidad”, que a veces parece precipitarse por la meditación del suicidio, como eutanasia que ponga fin al sufrimiento o, en otros momentos, el horror a “la vejez humillante florece como un campo de amapolas marchitas”; pero el recuerdo de haber sido “joven, bello y enamorado” viene en auxilio de quien se imagina “prisionero del espacio”, “curtido de resignación”.

Desde adolescente, Omar D’ León frecuentó, además de la Escuela de Bellas Artes —su Alma Mater— todos los cenáculos de Managua sin quedarse en ninguno: el Taller San Lucas, la casa de Lola Soriano, el Círculo de Letras Nuevos Horizontes, Praxis, el Teatro Experimental Managua, del que fue escenógrafo y maquillador; y nunca hizo profesión de fe con ningún grupo literario o artístico. Sus poemas comenzaron a ser publicados en los años cincuenta en la revista Cuadernos Universitarios y en los suplementos culturales de los diarios capitalinos Novedades y La Prensa. La mayor parte de su poesía publicada se halla dispersa, porque siendo un autor muy prolífico, casi ha permanecido inédito. Su primer libro La Piel del Signo (selección de poemas entresacados de tres diferentes colecciones), apenas se publicó en el año 2001 ; por eso Texturas se consigna como el segundo de sus libros, mientras aguardan en el archivo otros manuscritos de géneros distintos.

En la década de los sesenta, su pelo largo rozaba el hombro, la camisa de cuello Nehru y los pantalones campana, se le ve como habitué de La Tortuga Morada, sin drogas ni alcohol. Pero fue llevado prisionero a las cárceles del Hormiguero acusado de hippie, cuando se hallaba entre los curiosos que miraban el desarrollo de la protesta estudiantil, la noche de 1969 que en Managua se inauguraba el Teatro Nacional “Rubén Darío”, considerado por la oposición “el elefante blanco” del gobierno de Somoza.

Centro de reuniones de artistas y poetas su casa, mejor dicho el Museo-Galería 904, fue un punto de referencia juvenil y cultural antes del terremoto que destruyó Managua en diciembre de 1972. Después su estudio, en el valle Gottel, fue punto de destino de gente dedicada a varias disciplinas como el teatro, la pintura, la música, la poesía, la medicina natural o la jardinería. Pero Omar D’ León también ha sido en tiempos muy agitados un punto de encuentro y actualización de gentes de las más variadas procedencias y tendencias, porque siempre vive en comunicación constante con sus amigos que son incontables. En la distancia lo hace principalmente mediante la correspondencia epistolar, para lo cual ha creado una escritura mixta, entre alfabética y pictográfica, que desde luego es otra cantera de su producción artística. Hasta su casa en Camarillo, California siguen llegando o comunicándose, desde los más alejados confines del planeta, escritores y artistas de todo género, edad, preferencia y credo que entienden el entorno de Omar D’ León como el lugar de refrescamiento de la imaginación creadora, en donde el sentido del humor es denso y por eso extenso.


Su nombre siempre ha estado vinculado a las generaciones jóvenes. Disidente por vocación, al comenzar el nuevo milenio colaboró con las revistas Artefacto, y Garabato alejándose así de los consagrados, en cuya economía Omar D’ León siempre ha sido un outsider que abomina el dogma. Su presencia transgresora junto a los últimos —porque lo suyo es el cambio constante de ideas y de formas— debe entenderse como un espaldarazo a las propuestas literarias y plásticas de los más osados creadores nicaragüenses, para escándalo de los conformistas, que oponen resistencia a la metamorfosis en el arte y los nuevos enfoques de la crítica, aunque él mismo no se aleje demasiado de la norma.

Mientras los otros de su generación se suscribían a cualquiera de las tendencias políticas del siglo XX, él iba a contracorriente, enjuiciando a las ideologías, aun a riesgo de contradecirse. Auto-exiliado en los Estados Unidos, recientemente declaró con énfasis: “I was never with the revolution. I was never with the dictator Somoza” (no estuve nunca con la revolución ni con el dictador Somoza). No obstante, ha dado dramáticos testimonios a medios de comunicación como Los Angeles Time y a la revista VC Life & Style, en los que denuncia haber sido víctima de vejámenes infligidos por una escuadra guerrillera identificada con el movimiento insurreccional que en 1979 derrocó a Somoza. Por otra parte, declara que no cree en capitalismo, ni en comunismo o nacionalismo; pero en Texturas. Doscientos Cuentos, el autor no disimula su rechazo a las revoluciones de izquierda en los textos 29, 33, 35, 66, 77, 79 y 145.

Es que Texturas. Doscientos Cuentos es un universo de paradojas que roza la belleza clásica tan cara a los modernistas y se adentra en el nihilismo en cuanto rechazo de los valores positivos, donde cualquier certidumbre es puesta en duda y, como en Marx, todo lo sólido se disuelve en el aire. Ruptura con el tiempo del que fue emblema la Estatua de la Libertad, que en este libro se hunde sin sus túnicas de acero para refrescarse en aguas caribeñas, porque se descree del heroísmo y el martirio, de la redención, aunque se espera en la resurrección crística de la naturaleza. Sincretismo en que se funden los mitos griegos con el Antiguo Testamento: Ulises y la Ley del Talión. Un caldo espeso de nirvana en La Torre del Templo Parthasarath. Los saberes ocultos evocados en Los Azahares de Zóhar, la obra del prolífico escritor Moses ben Shem-Tob de León, su homónimo, que pergeñó la cábala en respuesta al cataclismo de la expulsión de los judíos de Iberia, en 1492; porque, además, en Texturas hay ansiedad de resistir y perseverar ante la hecatombe.

¿Y qué de la carne que tienta con sus frescos racimos? Lujuria o castidad en la recreación de Sodoma, donde los humanos quieren poseer a los ángeles y por ello sufren la condena divina. Y de nuevo la paradoja: la sexualidad como práctica de la libertad en 90 años, resulta condena en Los Prestanalgas, pero a causa de motivaciones obviamente políticas. Un fauno que deviene mujer y una ninfa cuya dalia negra era un sol que cremaba, proveen un placer más precario que la autosatisfacción, en Lamentaciones de Abril. El vigor que se escapa con el paso de los años deviene pérdida que es más dicha que desgracia, en un acto de resignación ante los estragos del tiempo, con el cual —otra vez la contradicción— se juega a las escondidas cuando se fechan los textos anacrónicamente.

Es la historia de un joven que acumula muchas décadas de vida y que por eso maldice la obesidad, se resiste a la vejez y espera con horror la muerte.

¿Un rezagado del cabaret Voltaire, que lee su proclama anti-belicista en los tiempos de la guerra del Golfo? ¿Dada que pone a jugar a los seres humanos para que olviden matarse entre sí? Rechazo de todos los valores morales por ser los causantes de la guerra. Sólo el arte y la poesía afirman la vida frente a la muerte. Lenguaje que rompe con los símbolos para devenir coloquial y blasfemo, en el deseo de ser de la misma naturaleza de Cristo: hombre y Dios.

Por eso mismo Omar D’ León, nos parece a las veces un modernista que anuncia e inaugura un nuevo siglo con una lengua llena de símbolos para retomar en cualquier momento el habla de todos los días, como en La Mula Pedorra o los iconos de la post-modernidad, de los Bowling Balls, y los Nachos a los Black Holes, como en Penates (dioses domésticos). Crítica del dinero y del mercado. Los motines raciales de Los Ángeles. Génesis de América, de la que exaltó Darío en Cantos de Vida y Esperanza, invención de la paz, militancia ecológica, oración por la vida, aunque también descrédito de la posteridad. La cultura: un ente genético, no racial, dice, como si fuera Céline quien impreca al mundo en su Viaje Al Fin de La Noche. Crítica constante de la modernidad por las hambrunas y las apariciones manipuladas de la Virgen María. Pero confianza absoluta en que las nuevas generaciones iluminarán a sus predecesoras.

En estas doscientas prosas Omar D’ León deviene pararrayo plantado en mitad de la tormenta para atraer los signos celestes y terrestres de nuestra contemporaneidad. Textos que no fueron escritos pensando en ningún lector. Son una textura con una función catártica, de limpia, como la tragedia entre los griegos, según nos enseña Aristóteles en su Poética; pero nadie que los lea permanecerá indiferente. Su excesiva luz provocará, aun en el más escéptico, al menos un parpadeo, por deslumbramiento.

A diferencia de lo que ocurre al contemplar el colorido de su pintura, se experimenta un desasosiego ético y estético ante el torrente verbal de sus Texturas.

Summer, 2007
María Moliner. Diccionario de Uso del Español. Edición electrónica, 2001.
I. Managua: Amerrisque, 2007.
II. Vid. Foucault, Michel. Las Palabras y Las Cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Madrid: Siglo XXI, 2006. p. 55
III. Omar D’ León. La Piel Del Signo. Managua y Puebla: Upoli - Secretaría de Cultura Gobierno del Estado de Puebla, 2001.
IV. Vid. The Color of Freedom, by Amy Jones.
VVC Life & Style. Real Hip Local. Winter 2005/06. p. 10

* University of Missouri-Columbia



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